Es extraña la sensación de cuando la chica que te gusta te dice que tiene novio. Evidentemente, te recorre el cuerpo una sensación extraña que disimulas a la perfección. Y en los siguientes 10 segundos, si no conoces al individuo en cuestión, llegas a imaginártelo de todas las maneras posibles gracias a lo que te cuenta ella: un tío perfecto, un cualquiera, un raro,... pero sobre todo te lo imaginas como un capullo, que para algo es la competencia.
Luego te pones a pensar que para qué te has tirado 2 semanas acompañándola a todos lados si a ti se te ve en la cara que amistad, lo que se dice amistad, no buscas. Que más te habría valido comportarte como un pedazo de macho que le planta en la cara un "mrrrh ay, omá" y al menos ella sabe que, a parte del cerdo que en realidad eres, amistad, lo que se dice amistad, no buscas. Que igual le tendrías que haber tocado el culo para que... bueno, tampoco hay que llegar a tanto, pero te da la sensación de haber perdido el tiempo.
Después dices que eso son chorradas y que tú vales más. Entonces empiezas a pensar que te importa un comino que tenga novio, que sea un tío genial y todas esas cosas que lleva un rato contándote. Así que mientras atiendes con total dedicación a lo que dice, porque te interesa lo que diga aunque hable de las pelusas de ombligo, comienzas a pensar en como puedes enamorarla de forma que deje a su novio con un gran "¡oh, qué equivocada estaba!¡Tú eres maravilloso elevado... al cubo!". Sí, al cubo. Al de la basura, para ser precisos, que es donde van a parar tus cábalas.
Cuando ya te has convencido de que no importa como, cuándo, o quién, lo que sea, la vas a enamorar como sea humana o inhumanamente posible, te das cuenta de que ni siquiera tienes su móvil o correo, y te preguntas que qué cojones has estado haciendo en estas semanas, cómo no le has pedido una cosa o la otra entre tanta charla sobre vídeos de efectos ochenteros, Bolonia, la vida y demás pequeñeces. Eso es tener claro el modus operandi, sí, ese sobre el que te has estado instruyendon a ti mismo cuando no tenías a nadie a la vista, mientras te decías delante del espejo "le voy a decir esto y le voy a romper, así no hay quien se resista". Al final, lo único que rompes es el espejo de tanto mirarte en él.
Así las cosas, y mientras ella sigue hablando de pelusas en el ombligo, tú has pasado por una serie de fases, desde esperanza a desengaño, pasando por deseo y furia. Llegas al punto en que sólo te queda pensar si vas a tener pelotas de decirle algo, tenga o no tenga novio.
Y entonces llegas a casa.
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